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Soplos de creatividad y coraje en un sketchbook – Que Ondee Sola

Soplos de creatividad y coraje en un sketchbook

POR DALILA RODRÍGUEZ

En la vida de algunos seres humanos existen momentos que son delicados equilibrios entre la desolación y la plenitud, dos de los polos de la muerte, según quienes han estado cercanos a ella. Como contraparte, la ilusión por la vida, esa pulsión generadora de crear, sólo se ve asomada en momentos precisos; a soplos que, aunque breves, movilizan la visión del mundo.

Al sobrecogedor despliegue de creatividad le nombramos arte. El arte da vida aun en las situaciones en que la probabilidad de la muerte es la que mejor ilustra el proceso íntimo. No pretendo describir la pulsión de muerte como la muerte en sí, mas bien como una fuerza que nos obliga y alista en la búsqueda de un objeto. En el caso de la artista y profesora Catherine Matos Olivo fue la inmovilidad la que la condujo al primer escenario de su más reciente obra Galactic Vision: The Sketchbook Project Of My Cancer Year.

“Por la enfermedad pasé mucho tiempo acostada, fue cuando empecé a ilustrar. Porque enseño esa materia pero no ilustro. El libro manifiesta el caos de mis emociones cuando me diagnosticaron cáncer, dejando el riguroso análisis de la ciencia a un lado”, explica Catherine Matos Olivo, creadora de un registro amplio en las artes plásticas del país.

La característica más importante del diario del año del cáncer no es la belleza en sí o el realismo per se, sino su honestidad; así como la vida de la obra en sí misma, independiente, y su influencia sobre el mundo circundante. Sostiene una visión del arte como forma de regeneración psíquica. La fuerza confrontacional de Galactic Vision nos acerca a la historicidad de la enfermedad, la suya, y cómo la vivió. No obstante, la narrativa no se realiza del modo clásico de la psicología de “las cinco etapas” que pasan los pacientes a quienes se les ha diagnosticado una enfermedad terminal y “aplicables” a cualquier catástrofe personal.

Galactic Vision es un diario con 120 imágenes digitales, un sofisticadoscrapbook que documenta con rayos X, dibujos, fotos, códigos alfanuméricos y otras evidencias, los procedimientos médicos a los que esta mujer de 33 años ha estado sometida desde que se enteró de su padecimiento. La publicación se suplementa con tres ensayos escritos por tres mujeres. Valerie Pintado Hernández trata el aspecto psicológico del tema. La artista y educadora Brenda Torres Figueroa habla sobre el tema de la desnaturalización del cuerpo y sus paradigmas “cambiables”. La curadora y escritora Mercedes Trelles se enfoca en el componente artístico. El diseño –cuenta Catherine– suaviza el tema: “hace que te lo tragues”. “Es un libro oscuro, por contenido y forma. Pero como las ilustraciones son amarillas, hay algo de luz”, sostiene.
El efecto que tiene la recreatividad artística en los enfermos es un tema cada vez más publicado en revistas y journals de medicina a través del mundo. Ello libera de ansiedad, distrae del dolor, aleja del aburrimiento y extiende destrezas comunicativas que generan bienestar en los pacientes, entre otros beneficios, de acuerdo con el programa Artist-in-Residence del Instituto de Cáncer de la Universidad de Nueva York.

La editorial Colección Maravilla, y en especial el artista Teo Freytes, miembro fundador de dicha casa publicadora han colaborado con esmero en la producción del libro. La estética lóbrega que exhibe ejemplifica la atmósfera una vez queda enterada de la enfermedad. Las acciones, en este caso las ilustraciones, simbolizan la voluntad de la artista. “Cuando el médico te dice que tienes cáncer la palabra te resuena y piensas sólo en MUERTE. Todo lo demás que precede esa conversación es como verlo en mute. Es todo acerca del misterio que envuelve a la quimioterapia” ha dicho Catherine.
El corpus artístico de Catherine ha sido expuesto en Austria, Turquía, España, en varios lugares de Estados Unidos y Puerto Rico, entre otros. Curiosamente, ella lleva rondando temas relacionados a las patologías desde hace un tiempo. Con JM-6 (2006-08) realizó una interesante excavación arqueológica en lo que fue el patio de su casa en Levittown. La tituló Objetos Encontrados y con ella hizo su particular declaración y llamado a los recuerdos, tras ser parte del proceso de desintegración de la enfermedad degenerativa de su madre. El proyecto constaba de varias dimensiones y materiales, todas alusivas a la memoria rota, al quebranto del Alzheimer en el enfermo y en sus familiares.

“Inicialmente me negué. Porque mi arte suele ser documentativo. No, no voy a hacer otra pieza sobre mí” –se dijo. “Pero es que es natural, estoy en este proceso. No pude controlarlo”, razonó. ¿Para qué frenar algo tan instintivo?

Durante el diálogo Catherine observaba el amplio salón donde estábamos. Preguntó de quién son las pinturas que cuelgan en la pared. Para una artista es fácil reconocer que la mayoría fueron ejecutadas por la misma persona: “es que tienen un tratamiento bien particular, nunca había visto este tipo de trabajo aquí en Puerto Rico”. Le dije que el artista se formó en México aunque es “del patio”. “Me gustan”, dejó saber.
“¿En qué estábamos?”, preguntó posteriormente. Le recordé el hilo de la conversación y atajó: “Que me da cosa convertirme en la Frida Khalo puertorriqueña”. Mostré sorpresa ante su preocupación y con torpeza le expresé que comprendía la analogía de las tragedias en ambos casos pero…

“¿O será que te parece pretensiosa la comparación entre ustedes?“.
Sin haber notado, o sin haberle importado mucho mi rubor, Catherine explicó: “Tú sabes, son cuatro obras sobre mí misma y lo puñetera que ha estado mi vida”. Acto seguido le comenté que, en cualquier caso, el arte de Frida Kahlo es admirable y la idea de ser comparada con ella debiera complacerla.

“¡No, no quiero ser esa! Esa artista no. ¿Por qué tengo que ser el ejemplo de mi generación? ¡Ay no! Hasta cierto punto halaga que te digan cuánto te admiran y sé que soy un ejemplo para mis estudiantes, porque me lo dejan saber, pero no quiero ocupar ese lugar: ¡que sea otra!”.

Tras lo dicho, rió fuertemente y narró la anécdota de cuando en medio de una clase le dio un hot-flash, provocado por la quimioterapia. En ese entonces, se arrancó la peluca frente a sus estudiantes y se abanicó con ella. “De momento me doy cuenta de que la tengo en la mano y les veo la cara a todos y les pido disculpas. Pero ellos han sido tan comprensivos. Me dejan saber su cariño y solidaridad”, expresa Catherine.

Catherine es una mujer fuerte. No hago referencia a su fortaleza porque está luchando contra el cáncer y lleva la delantera. Su carácter es animoso, de lenguaje corporal agresivo y palabras precisas. Varios tatuajes grandes y llamativos alrededor de su cuerpo, junto a su mirada incisiva, dejan claro que se siente segura puesta en sus dos pies. Sin embargo, saberse enfermo puede socavar a cualquiera.
“¿Tan mal me porté? Aún cuando no creo ni en la luz eléctrica se me hace difícil no culparme. Es inevitable pensar así. Estudié en una escuela religiosa y algo de ese adoctrinamiento debe quedar en mi inconsciente. Pero no creo en esa mierda de la esperanza”, sentencia Catherine.

A lo largo de nuestra charla nos alejamos del proyecto artístico para hablar del cáncer. La escuché. Ella despotricó, se calmó y me mostró su atractiva sonrisa. Después arremetió contra las políticas públicas de salud y la contaminación. Me contó que vivió en Vieques y que a menudo se cuestiona si fue allí. “Yo nadé durante un año esas aguas que están bien contaminadas. Tú sabes cómo está el cáncer en esa población”, indicó Catherine. Añadió además que vivió una temporada en Nueva York cuando explotaron las Torres Gemelas. “Cada rato salen noticias relacionadas al cáncer y enfermedades respiratorias que padecen las personas que ayudaron o vivían cerca de la zona”, reflexiona.

Sugiere que calibra un pensamiento y agrega: “No tenía que removerme el seno, mucho menos los dos. Fue opcional, lo hice racionalmente. Las estadísticas demuestran que el cáncer podría volver aparecer si me dejaba los tejidos mamarios”, tras explicarlo, un silencio tupido nos envolvió.
“Ay me siento como si estuviera en el despacho de Sigmund Freud”, expuso seguido de una carcajada. Bromeé que ahora la halagada era yo, y me sinceré sobre mis aspiraciones en el campo del psicoanálisis, entonces reímos juntas. Me miró a los ojos y añadió: “Esto es bueno para mí, Dalila. Mientras más yo hablo de mi proceso más me descubro y hay cosas que si uno no las verbaliza. . . .”.

–Salen en los sueños –bromeé. Luego pregunté:¿cuándo fue la última vez que soñaste? Respondió que hace tiempo, pero que no es de las que recuerdan los sueños. La incito a que me lo cuente. Lo hizo.
También me narró lo engorroso que es recibir quimioterapia: cómo es que  conectan agujas y pasan variedad de químicos, que dependiendo del estado particular va de media hora hasta seis horas corridas, como fue una vez su caso. “Es un proceso bien doloroso, físicamente, porque te duele además de agotarte”, indicó. Percibí que de alguna modo este tema en particular la animaba.

–¿Cuál es el nombre de tu cáncer?

“Ductal Carcinoma. Se origina en el ducto mamario, el tubito que bota la leche. Me enteré en la tercera etapa. Ya estaba bastante adelantado. Es un cáncer que invadió otra área y se le considera metástasis local. Tenía cuatro nódulos linfáticos positivos, que son como un expreso. O sea, que existe un 50 por ciento de probabilidad de que haya pasado a otro órgano. ¿Pero cómo saberlo? Vivo con terror. Me paso pidiendo exámenes. Trato de no pensarlo y no desperdicio mi tiempo. Ahora escojo las batallas, los mal humores.”
“Hubo un momento en que estaba bien molesta. Porque pesaba 50 libras demás ¡¿tú sabes lo que es eso?! Era por la quimioterapia. Tenía los senos removidos y encima estaba calva. Yo no me miraba en el espejo. Si me veía un momento por equivocación rompía a llorar. No me considero vanidosa ni descuidada, pero no podía bregar con los espejos. Sin pestañas ni cejas.

¡Es que pareces un cabrón alien!”

Catherine es joven, enseña en dos universidades y posee una carrera prometedora porque es talentosa. Por fortuna, cuenta con buenos amigos que se preocupan por ella. Aunque admite que a raíz de la enfermedad unos cuantos se han alejado. “Tengo un espectro nuevo de amigos y estoy muy agradecida por el profesionalismo y apoyo que he recibido de los médicos del Hospital Oncológico Dr. Isaac González.” Sonrió en lontananza.

“¿Sabes? Sé que el aspecto de lo físico no lo superé porque siempre estuve con la peluca. Hay otras personas que lo aceptan y se la quitan” puntualizó Catherine.

–Pero, aceptar que no lo aceptaste es también una superación ¿o no?

“Pues mira sí, tienes razón. Es que me daba tanto coraje que me dijeran que me veía bonita calva. Yo que tenía una súper peluca natural ¡mi maranta! para luego estar desnuda. La cuestión del cáncer es que mientras más te informas y te educas más seguro te sientes; puedes tomar mejores decisiones y no fantasear. Buscar alternativas, como ir al psicólogo para que te dé herramientas para bregar”, precisó.
¿Qué te parecen los juegos en la red para concientizar sobre el cáncer de los senos?

“Odio la propaganda del cáncer. Y los jueguitos también. Me molesta muchísimo que lo proyecten como una enfermedad fashion. Detesto que lo asocien con rosa, porque sé como artista y por mi profesión que el rosa no es de mujer solamente. Y el rosa lo utilizan simbólicamente para sugerir que es una enfermedad que les da únicamente a las mujeres. A los hombres también les da cáncer de mama, es una población menor, pero existe”, sostuvo.

“Otra cosa que me enfogona es que Kentucky (el fast food) sea pintado de rosa para crear conciencia. ¡Qué hipocresía! Si compras un bucket ayudas a los pacientes de cáncer. Cuando todo el mundo sabe que ese lugar manipula genéticamente sus pollos y esa comida es alta en carcinógenos. También me molesta la propaganda de la mujer que tiene cáncer y va al baño de la discoteca y se quita la peluca y los rellenos del pecho mientras se mira en el espejo. ¡¿Qué es eso?! Durante mi enfermedad no he podido discotequear, eso no es así. Lo hacen ver como que siempre hay esperanza. La publicidad le saca partido para hacerlo un simbolismo de fe”, sentencia.

–¿Cómo consideras adecuado crear conciencia del cáncer?

Con el lazo rosa ese no es.

Posterior a la contestación, el silencio invadió nuevamente el salón. Me agradeció la pregunta y meditó sobre ella. Luego, reflexionó: “Si yo hubiese tenido a mi mamá saludable, esto no me hubiese sucedido.”
–¿Lo dices porque las madres se la pasan advirtiendo sobre las enfermedades?

“¡Claro! Mira, lo que hay que hacer es educar a la población sobre la buena alimentación. Denunciar los lugares en donde se contaminan las aguas y el medioambiente en general. Dejar a un lado los clichés de cómo es que la enfermedad ataca y educar: no tienes que tener historial familiar de cáncer para desarrollarlo, no es cierto que si amamantas no te dará cáncer. El cáncer le da a cualquier persona de cualquier edad. Hay que ir al médico y hacerse exámenes”, puntualizó.

La artista agarró su libro. Me lanzó una mirada afirmativa, sonrió cálidamente y me dijo que deseaba compartir algo conmigo. Se levantó del cómodo asiento y me explica que porque soy mujer y se ha sentido a gusto esta noche, desea mostrarme las cicatrices de sus operaciones.

Las observé detenidamente. Son grandes y parecían parte del arte del tatuaje que lleva en el pecho. Lejos de adularla o hacerla sentir cómoda aclaro que había visto cicatrices similares pero que puede sentirse orgullosa, pues su piel es muy tersa y las heridas se ven curadas. Sonrió satisfecha y me recuerda que hace tan sólo un mes que le removieron algunas partes. “Yo cicatrizo bien. Se pondrán mejores”, explicó.
Relajadas, emito el que intuí sería el último comentario del encuentro.
–Sé que no estás curada del todo, pero te presiento muy sana.

“Si me toca irme, estoy realizada. No que me quiera ir todavía pero siempre he sido muy libre, y eso me da cierta serenidad. He sabido negociar cosas materiales, como mi cuerpo, por la salud. Estoy cogiendo quimioterapia de nuevo pero esta vez se siente distinto. Siento que todo va a estar bien. No tengo tanto miedo como al principio y sé que el hospital será parte de mi vida, ya lo internalicé y no pasa nada”.

Originally Published in QOS March 2012 Edition, Vol. 40 No. 3

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